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Kafka. Los años de las decisiones.

Lo correcto. Ahora, Kafka hablaba con llamativa frecuencia no de lo anhelado, sino de lo correcto, lo cierto, lo necesario. Y probablemente también lo hizo en la Semana Santa de 1914 en Berlín, cuando tras una nueva conversación con Felice y sus padres llegó por fin a una decisión firme: compromiso inmediato, despido de la Lindström A. G., boda en septiembre, traslado de Felice a Praga. «Sin duda», le escribió días después, «nunca en ninguna acción he tenido con tal determinación la sensación de haber hecho algo bueno e imprescindible como con nuestro compromiso, y después y ahora. Con esa ausencia de dudas seguro que no». Incluso estaba dispuesto a hacer abstracción de que la pequeña fiesta pasó sin que Felice le concediera ni un momento de intimidad. Sufrió por ello, pero no era lo más importante. Peores eran las dudas, imposibles de aplacar acerca de si también ella sentía esa pertenencia, el mismo énfasis de una elección hecha conscientemente. No podía dejar de preguntar una y otra vez, de insistir, y Felice empezó a sentir la reciente capacidad de decisión con la que Kafka, en aras del matrimonio, tiraba por la borda todos sus planes de emigración y despido, como el escalofrío de la necesidad, incluso del deber. Se quejó, pero en vano.

No me digas que soy demasiado severo contigo; lo que en mí es capaz de amor sólo está a tu servicio. Pero mira, hace más de año y medio que corremos el uno hacia el otro, después del primer mes parecíamos ya pecho a pecho, y ahora, después de largo tiempo, de tanto correr, seguimos estando tan lejos. Tienes la imperiosa obligación de aclararte contigo misma en la medida de tus posibilidades. No podemos fracasar cuando al fin estemos juntos, sería una lástima para nosotros.

Esto suena obvio y veraz. Aún así, la actividad que Kafka despliega después de tantos meses de titubeos resulta más forzada que entusiasta. Lo que Felice advierte como inflexibilidad es el tembloroso esfuerzo de las buenas intenciones, del autoconvencimiento. Para otros es lo evidente, la definitiva entrada en la sociedad; para él, son los preparativos de una expedición. Es como si cargara todas sus posesiones sobre unos raíles para asegurarse de que ya no habrá desvíos de la dirección que ahora ha reconocido y decidido como necesaria y cierta. Suelta los frenos. Pero esos raíles son escarpados.

Una vez más, debemos a las cartas de Kafka a Grete Bloch que los acontecimientos externos sean reconocibles al menos en sus contornos. En conjunto, los testimonios vitales se vuelven ahora más escasos, y mucho de lo que antes pudo él desplegar con fruición en largas epistolares y cartas soñadas mucho más largas aún es tratado de forma oral ahora que se acerca su realización: con los padres a la hora de la cena, con Felice por teléfono. Los detalles se pueden adivinar aquí y allá, pero ya de los pocos hechos indudables se desprende con toda claridad que a Kafka en modo alguno se le consiguió seguir su propio guión. El programa matrimonial venía dado, una lista que había que ir marcando punto por punto. Y ninguno de ellos se le ahorró a Kafka, no hubo ninguno que no diera problemas.

Empezó con la búsqueda de una vivienda. Kafka era miembro de una cooperativa de la construcción, pero hacía ya mucho que no se refería a ella: la casa a la que tenía derecho a trasladarse aún no existía. Recorrió los anuncios de la prensa diaria de Praga y comenzó una larga gira de visitas. Al principio evitó el centro, el entorno del Altstädter Ring, no sólo porque quería poner una zona de entre él y la familia, sino sobre todo porque deseaba tranquilidad, sol y aire fresco, habitaciones con vistas despejadas como sólo se podían conseguir en los distritos periféricos de Praga. Sí, Kafka soñaba incluso con una casita con jardín, fuera de la ciudad. Pero allí se hablaba exclusivamente checo: ¿De verdad podía pedir a Felice que empezara su nueva vida en un lugar doblemente extraño, en la provincia austrohúngara, entre personas que tendrían que deletrearle hasta el saludo? Pensó en la hermana de Felice, Else, que ya era bastante desdichada en Budapest.

Kafka subía y bajaba corriendo las escaleras. Temía un poco las exigencias de Felice, pero más aún a las puertas batientes, a los niños chillones y a los estudiantes de piano acechando detrás de todas las paredes. Mejor demasiado caro que demasiado ruidoso. Pero pasó un mes entero antes de que por fin llegara a un compromiso tolerable: «3 habitaciones, sol matinal, en medio de la ciudad, gas, luz eléctrica, cuarto de servicio, cuarto de baño, 1.300 coronas. Éstas son las ventajas. Las desventajas son: 4.º piso sin ascensor, vistas a un callejón desolado y bastante ruidoso». Sin olvidar que no había ante la puerta una brizna de hierba y no estaba ni a cinco minutos de sus padres. Pero sí en la ciudad vieja, en territorio germanoparlante, como deseaba Felice. Al verano siguiente ya se vería. Una solución provisional.


Del capítulo: Programa matrimonial y ascetismo (pp. 510 .511)
Traducción de Carlos Fortea, Siglo Veintiuno, Madrid 2003.