|
La expulsión del infierno
Le prenderán fuego a la casa. Nos abrasaremos. Sí salimos
nos matarán a palos.
Vio brillar las antorchas delante de los postigos y oyó fuera
el alboroto de la muchedumbre que cantaba y gritaba encolerizada.
Era un cortejo fúnebre. El mayor cortejo fúnebre que jamás
había recorrido las calles de la pequeña ciudad de Vila
dos Começos, y también el más insólito: un
cortejo fúnebre en el que nadie estaba triste.
Dos caballos negros, enjaezados con rosetas moradas, tiraban de un coche
fúnebre en el que yacía un ataúd tan diminuto que
parecía hecho para un recién nacido. Detrás, portando
en alto un crucifijo que sostenía con ambas manos, desfilaba João
de Almeida, el cardenal de Évora, de púrpura y con birrete
rojo, y con la capa magna orlada de armiño echada sobre los hombros
cuya cola llevaban cuatro canónigos ataviados con sotanas moradas.
Le seguían los párrocos de Vila dos Começos y de
las parroquias circundantes, que vestían negras sotanas, blancas
albas y estolas de color morado. Los nobles, de terciopelo púrpura
y con anchos cintos de piel, iban con la espada desenvainada y con la
punta mirando hada el suelo. Los representantes del Ayuntamiento y de
la burguesía, todos de negro riguroso y tocados con grandes sombreros
del mismo color llevaban antorchas cuyo humo dibujaba un crespón
alrededor del sol.
Toda esta pompa, propia de un entierro de Estado, no podía ocultar
la rabia, el odio y la sed de sangre que flotaban en el ambiente. Casi
todo Começos se hallaba presente en este cortejo fúnebre
que acompañaba a un gato hasta su última morada. La gente
no murmuraba oraciones, sino maldiciones. No juntaba las manos para orar,
sino que sacudía los puños. Los rostros arrebolados, no
por efecto del sol sino por el Bagaço de alta graduación,
tampoco mostraban signos de tristeza sino ansias asesinas de saqueo y
de pillaje.
El clero cantaba el martirio de Jesucristo, pero al pasar por delante
de algunas casas determinadas sus cantos quedaban ahogados por la multitud,
que gritaba a los portadores de las antorchas:
¡Arrojad vuestras antorchas sobre ese tejado!
El cortejo entró en la Rua de la Consolaçao. En el diminuto
ataúd yacía una gatita negra que tenía un antifaz
de manchas blancas alrededor de los ojos y que apenas había alcanzado
a cumplir ocho o nueve meses.
¡Venga,arrojad vuestras antorchas sobre ese tejado!
Era la casa de los Soeiros.
Antonia Soeira era una de las pocas personas que no se encontraba en la
calle. Estaba junto a sus hijos, Estrela y Manoel, atisbando cautelosamente
a través de las rendijas de los postigos. Cuando el alboroto se
volvió más amenazador, atrajo a sus hijos al interior de
la estancia y dijo:
Estos locos van a acabar divinizando al gato. ¡Que se coma a la
paloma cuando suba al cielo de los católicos!
El motivo de la enorme excitación que se había adueñado
de todo Começos y de sus alrededores era que la gata había
sido crucificada. La encontraron delante de la Casa da Misericordia sujeta
a una cruz por pesados clavos de hierro. Desde el primer momento, los
hombres de la Iglesia tuvieron claro que un entierro con mucho aparato,
que devolviera su dignidad a la crucifixión, contribuiría
a que la población, solidaria y fanática, se sintiera obligada
a luchar contra herejes y paganos hacía ahora dos semanas que la
Inquisición había hecho su aparición en Começos.
|