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| 21 de Noviembre 2004 a las 19:00 Hotel Oriente - Rambles 45 | |
| "Cruz sin amor" de Heinrich Böll Traducción
de Josep Umbert Editorial Littera 2004 |
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CRUZ SIN AMOR La cruz del coro de la iglesia de Santa Maria se tambaleaba en la niebla como el mascarón de proa de un barco; parecía como si zozobrara y saliera de nuevo a flote, como si intentara abrirse paso luchando entre la marea, mientras la niebla desfilaba ante ella en forma de espesas nubes, casi como humo que desaparecía en lo alto del campanario... Al lado de una carreta llena de libros, a los pies del alto y empinado coro, se hallaban los dos jóvenes, uno de ellos contemplando embelesado el espectáculo de la niebla. Con la cabeza inclinada, ya algo mareado, aunque fascinado por tan grandioso espectáculo, miraba hacia arriba, al tiempo que el más grande de los dos cavaba inmutable entre los montones de libros... ?¡Venga, mira esto, Christoph!-gritó de repente el más pequeño, dio un empujón al otro y le hizo mirar hacia arriba. Ahora ambos contemplaron embelesados esas singulares olas de niebla, durante un buen rato...hasta que el sol se erigió firme por el Este apartándolas a un lado...el coro de la iglesia con su cruz quedaba quieto y dejaba de balancearse... -Qué extraño, Joseph-dijo Christoph-, hubiera apostado uno contra mil a que la iglesia y la cruz se estaban balanceando; sin embargo, es obvio que han estado quietos todo el tiempo, como ahora. -Desde luego-se limitó a añadir Joseph. Bajaron la cabeza, y continuaron cavando entre los montones de libros. Revolvían concienzudamente entre legajos y renglones con afectuosa ternura, abriendo y examinando cada libro. De vez en cuando, surgía algún comentario, pero ninguno de los dos se miraba y seguían buscando. El propietario de la carreta aguardaba indiferente. Pipa en boca, miraba hacia el cielo. Había estado siguiendo con la mirada una alteración en el cielo. Al principio el sol había desplazado la niebla, y había arrojado durante unos minutos una luz radiante, pero ahora de nuevo parecía que acudiera por el Este una capa de nubes grises. Fue esparciéndose progresivamente, hasta que el cielo quedó colgando sobre la ciudad como un saco gris, turbio y opaco. Por el Este, hacia el Sur, aún dejaba verse el sol como una mancha amarilla de contornos bien definidos. El tiempo era insospechable. Ahora pudiera decirse que hacía frío, ahora que hacía calor. Era un noviembre... Entre los dos chicos se apilaban algunos libros que al parecer estaban dispuestos a comprar. Se los intercambiaban, reían felizmente, miraban el precio escrito en grandes cifras en la última página, y los volvían a dejar en su sitio. Christoph tenía el pelo castaño, era delgado y alto. La manera como llevaba su manoseada cartera bajo el brazo denotaba una indiferencia provocadora. Joseph, el más bajo, de pelo rubio como descolorido, parecía insignificante a su lado. Sobre su nariz corvada se posaban unas gafas. Había dejado su cartera en el suelo. Pagaron sus libros y se dejaron llevar por la multitud de transeúntes hasta una gran calle que giraba a la izquierda. El pequeño empuñaba la maleta por la asa, mientras el alto la llevaba todavía bajo el brazo. El bolsillo de su chaqueta estaba gastado por la presión de la mano, que amortiguaba la tensión que ejercía el brazo... -Eres un tramposo y un extorsionista de los auténticos-dijo el bajo entre risas, mientras eran arrastrados por la corriente humana-. No he podido evitar decir que sí cuando le has entrado a Beverding con ésas de que tus padres festejan hoy las bodas de plata y que yo estoy invitado. Que si podríamos tener el día libre...y eso que bien sabes que no me gusta hacer novillos, no va conmigo. -Lo sé, pero hoy no habría podido escuchar los discursos patrióticos de Grüner. No puedo más, así de sencillo. Porque le aprecio, porque sé que es una gran persona y un gran profesor. Precisamente por eso no lo soporto cuando empieza a profesar esas idioteces-miró a Joseph inquisitivo, pero al ver que éste no contestaba, sino que sólo le contemplaba medio riendo, medio enfadado, prosiguió: -Me parece un delito otorgarle a la guerra ni tan siquiera el más mínimo destello romántico. Los supervivientes de Langemarck deberían asumir el cometido de evitar todos los Langemarcks que aún habitan en nosotros, en lugar de ensalzar su Langemarck en forma de mito en un derroche de lágrimas y adornos de luz. Es y será siempre un hecho que Guillermo II no fue más que un maldito cerdo, y me parece abominable que alguien haya podido morir con uniforme prusiano por la gloria de Prusia. Pero no, ellos no han muerto por esa causa, sería espantoso e inhumano si hubieran muerto por esa causa...ellos... |