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EL VIGILANTE Con el tiempo había aprendido a interpretar de modo convincente a ese alguien que llevaba su nombre, y cada uno de los comentarios que se tejían alrededor de su persona, los recibía tan sólo como alabanza de su arte de disimular. Por eso, en vez de obrar contra los rumores de su supuesta bisexualidad, de haberse acostado con aquél o aquélla, o de mantener relaciones con determinadas personas de mucha influencia, simplemente no reaccionaba o incluso los fomentaba. El truco consistía en no distinguir entre realidad y ficción, entre difamaciones y hechos. Su pintura, y el éxito que tenía, era fruto del mismo juego: detectar sujetos y maneras de pintar poco apreciados en su tiempo, pintar a la manera que más desconcierto prometía, buscando la sorpresa e incluso el rechazo como vehículos de sus pretensiones. Pero, igual que un criminal deja huellas para ser perseguido, él, a pesar de todo, suspiraba por que alguien le viera tal como era, que se diese cuenta de que todo lo que hacía no era más que una invitación (casi diría una súplica) a seguirle la pista. Ésa era la parte inmadura e insoportable de Alejandro —ridícula para unos, fascinante para otros—, esa adolescencia interminable del artista que se siente llamado a perseguir constantemente algo puro y absoluto: o el rechazo total o la admiración sin límites; o el éxito fulminante o el fracaso estrepitoso; o la desinhibición plena o la abstinencia monacal. Es muy probable que Olga fuese la única en todos aquellos años que no se dejó desalentar por los códigos y las pistas falsas que se iban acumulando alrededor de su persona, y que le guardó fidelidad, manteniendo, forzosamente, una perspectiva crítica y distante (por lo que lamento todavía no haberme hecho más amigo de ella, pues, a pesar de mi viaje a Castrobal, siento que no me dijo todo lo que sabía, y que muchas de las conclusiones a las que llegué más tarde las podía haber sacado con más facilidad contando con su apoyo). Y aunque la pasión de Alejandro —esa obsesión por perseguir metas inalcanzables— impidió que su amor fuese correspondido, ella se sentía recompensada, no sólo por haber encontrado un sentido nuevo a su vida, sino también porque sabía que él, a su manera, la quería. —Por cierto, ¿cómo te llamas? —¿Cómo? —Alejandro alzó un instante la mirada de la fotografía. —Tu nombre. Todavía no me lo has dicho. Con una expresión entre distraída y sorprendida contestó, en un tono casi arrogante: —Ginés. ¿No se lo dije? Me llamo Ginés Hoyo. —Ginés. Está bien —reflexionó ella como si abrigara una ligera sospecha—. Te pega. Desde entonces, Gloria dejó de ser una sombra que controlaba sus tareas y le visitó más a menudo. |