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23 Noviembre 2003 a las 19:00 Hotel Oriente - Rambles 45
Prueba de Lectura de "Los cuarenta dias del Musa Dagh" de Franz Werfel

Libro segundo - El combate de los débiles
Capítulo I - Nuestra morada es la cima del monte (Págs.309-310
)

¿Musa Dagh! ¡Monte de Moisés! Al alba, todo el pueblo se había instalado en la cima del monte de Moisés. El aire fresco de la meseta y el murmullo lejano del mar ejercían una acción tan vivificante, que se olvidaban las fatigas de la ascensión nocturna. En los rostros no se percibía ni malestar ni sosiego, sólo excitación. En la hondonada de la ciudad y sus alrededores todos iban y venían lanzando gritos confusos. Nadie parecía tener conciencia de la situación real, por el contrario, parecía reinar una especie de alegría rabiosa. Como una marea viva, la reflexión fundamental ocultaba todas las inquietudes y las mil preocupaciones secundarias del momento. Hasta el propio Ter Haigassun, que daba una última mano al altar de madera erigido en medio de la plaza, no escatimó alguna que otra reprimenda a los hombres que le estaban ayudando en su tarea.

Gabriel Bagradian había trepado a la posición que había escogido como observatorio principal. Era una de las colinas rocosas del Damlajik, con una excelente perspectiva sobre el mar, la planicie del Oronte y las ondulaciones montañosas extendidas en dirección a Antioquía. En cuanto al valle, se dominaba desde Kheder Beg hasta Bitias, pero las vueltas del camino ocultaban a la vista las últimas aldeas. Fuera de este observatorio principal, existían, naturalmente, otros diez o doce menos importantes y más expuestos, desde donde se podía examinar con precisión cualquier punto aislado del valle; allá, en cambio, perfectamente al abrigo tras las grandes masas rocosas, se dominaba la totalidad del paisaje. Tal vez por estar solo allí sobre el promontorio, muy por encima de la excitación aturdidora que reinaba en el campamento, él era el único que comprendía en toda su amplitud la auténtica realidad: allá, al norte, al este, al sur, hasta Antioquía -no, hasta Alepo aun y el propio Mosul y Deir-es-Zor- proseguía el inevitable exterminio.

Existían millones de musulmanes cuyo único pensamiento sería, en breve, castigar a estos insolentes armenios refugiados en el Musa Dagh. Por el otro lado se extendía el indiferente Mediterráneo que, somnoliento, golpeaba con sus continuas olas los flancos abruptos de la montaña. De nada valía que Chipre se encontrara cien veces más cerca; qué crucero francés o inglés podría interesarse por este trozo de desierto de la costa siria situado fuera del escenario de la guerra? Las flotas no se dirigían sino a los sitios amenazados, Suez o el litoral del África del Norte, dejando tras ellas la tranquila bahía de Alejandreta. Al contemplar este mar desolado, Bagradian comprendió que durante la gran asamblea se había comportado como un demagogo irresponsable, al intentar despertar en el pueblo la esperanza de un salvamento por vía marítima. El mar, irónico, con su horizonte infinito, le mostraba la verdad: la muerte inconmensurable por todos lados, la muerte sin remedio.