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| 23 Noviembre 2003 a las 19:00 Hotel Oriente - Rambles 45 | |
| Prueba de Lectura de "Los cuarenta dias del Musa Dagh" de Franz Werfel |
Libro segundo - El combate
de los débiles Gabriel Bagradian había trepado a la posición que había escogido como observatorio principal. Era una de las colinas rocosas del Damlajik, con una excelente perspectiva sobre el mar, la planicie del Oronte y las ondulaciones montañosas extendidas en dirección a Antioquía. En cuanto al valle, se dominaba desde Kheder Beg hasta Bitias, pero las vueltas del camino ocultaban a la vista las últimas aldeas. Fuera de este observatorio principal, existían, naturalmente, otros diez o doce menos importantes y más expuestos, desde donde se podía examinar con precisión cualquier punto aislado del valle; allá, en cambio, perfectamente al abrigo tras las grandes masas rocosas, se dominaba la totalidad del paisaje. Tal vez por estar solo allí sobre el promontorio, muy por encima de la excitación aturdidora que reinaba en el campamento, él era el único que comprendía en toda su amplitud la auténtica realidad: allá, al norte, al este, al sur, hasta Antioquía -no, hasta Alepo aun y el propio Mosul y Deir-es-Zor- proseguía el inevitable exterminio. Existían millones de musulmanes
cuyo único pensamiento sería, en breve, castigar a estos
insolentes armenios refugiados en el Musa Dagh. Por el otro lado se extendía
el indiferente Mediterráneo que, somnoliento, golpeaba con sus
continuas olas los flancos abruptos de la montaña. De nada valía
que Chipre se encontrara cien veces más cerca; qué crucero
francés o inglés podría interesarse por este trozo
de desierto de la costa siria situado fuera del escenario de la guerra?
Las flotas no se dirigían sino a los sitios amenazados, Suez o
el litoral del África del Norte, dejando tras ellas la tranquila
bahía de Alejandreta. Al contemplar este mar desolado, Bagradian
comprendió que durante la gran asamblea se había comportado
como un demagogo irresponsable, al intentar despertar en el pueblo la
esperanza de un salvamento por vía marítima. El mar, irónico,
con su horizonte infinito, le mostraba la verdad: la muerte inconmensurable
por todos lados, la muerte sin remedio.
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