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Historia de amor (I)

Érase una vez un él y una ella y Dios sabe qué variopinta mezcla de personajes secundarios que, desde otro punto de vista, querían ser personajes principales; pero aquí eran secundarios, lo que sentimos en el alma y por lo que les rogamos disculpas. Por lo que se refiere a nuestras dos personas y a nuestra historia de amor, que es de las sencillas, él la adoraba, por así decirlo, de todo corazón, y quizás se hubiera casado incluso con ella, con el profundo y sentido deseo de ser feliz y hacerla feliz a ella, lo que se ha venido deseando desde que hay hombres en el mundo. Sólo había un obstáculo, y era que la mujer a quien amaba y con quien quería desposarse tenía demasiado carácter, de tal modo que por desgracia se enfadaba a la mínima, hecho que a él, y tal vez también a ella, le disgustaba sobremanera. Parecía que era una de sus debilidades; a buen seguro le hubiera gustado transformarla en su fuerte, pero por desgracia la debilidad se confirmó, por así decirlo, como fuerte, toda vez que su fuerte se mostraba bastante débil, hecho que tanto ella como él, que la tenía por lo demás en gran estima, estaban en situación de lamentar; dicho de otro modo: tenían motivos para lamentarlo. Qué deliciosa era de cara y de figura, un esplendor verdaderamente esbelto, por servirnos de una expresión mientras no se nos ocurra otra. Las ideas escasean a menudo, y los autores tienen que contentarse con el poco ingenio que el destino tuvo la bondad de concederles. Era alta e imponente, cómo no, pero en cuanto se enfadaba se encogía y perdía su hermosura, y eso lo veía, para mayor desgracia, el que tanto la había admirado, que, equipado con semejante comprensión, le dijo un buen día, a eso de las cinco de la tarde, en tono aclaratorio y confidencial:
Escucha, amiga mía. Me casaré contigo y te serviré toda la vida si eres capaz, durante un año, de no mostrar ningún enfado, que te eclipsa cada vez que se apodera de ti.
Lo dijo sonriendo, como quien está satisfecho del valor que ha mostrado; y el valor, en efecto, está presente en un discurso tan sincero. Todo el mundo lo sabe. ¿Y ella? ¿Se tomó a pecho lo que él le dijo? Sí, lo hizo, y uno espera que supiese contener su temperamento y que, durante un año o más, fuera de una templanza y de una indulgencia que floreciera como las flores en primavera, y que al final del período de prueba hubiera estado tan apacible y hubiera mostrado una paz interior y una salud externa tales que diera gusto verla, y esto habrá llamado bastante la atención de quien, suponemos nosotros, estará a estas horas satisfecho y se habrá dignado a mantener su palabra. No sabemos nada con seguridad; es lo que esperamos. Y con la esperanza de que las cosas acontecieran de este modo, de que funcionara a la perfección todo cuanto no suele ser el caso, si bien, en algunos puntos, pueda corresponder a la realidad, cerramos bruscamente la tapa, como si la historia fuera un cofrecillo, la guardamos la historia en su sitio, y nos alegramos de su, si no alto, al menos modesto valor.

Selección y epílogo de Volker Michels. Traducción de Juan de Sola Llovet. Ediciones Siruela. Madrid, 2003, p. 150/151.