
Dezsö Kosztolányi:
La Sonora Naturaleza (Zsivajgó természet)
Révai Kiadó, Budapest, 1930
El habla de las flores,
de los árboles, los animales, los insectos, las frutas, minerales,
hasta las piedras preciosas comienzan a hablar, se nos presentan en frases
lapidares a veces en verso, casi siempre en prosa…
LA ENCINA (TÖLGY)
- Soy el héroe, sin más epítetos. Tienes frío
bajo mi sombra hasta en el calor del mediodía. Soplan, através
mis hojas, Operas de Wagner, Crepúsculos de Dioses, de Pueblos.
Llega el invierno, viene la primavera, todos los árboles desnudos
en el bosque sólo yo llevo puestas pardas, amarillas las hojas
– medallas por virtud militar de plata y de oro. Aún así
estas hazañas a mí no me dan provecho. De mis frutos se
hartan puercos.
LA ROSA (RÓZSA)
- Saludadme con debido respeto, soy la Reina. Y os daremos graciosamente
permiso para que pongáis vuestros labios sobre el borde de nuestro
vestido.
EL BIZONTE (BÖLÉNY)
- El último. El ultimísimo, no hay más. Muriendo
lentamente en la escena, delante del público, igual que tragedia
harto promovida que no acaba nunca. El último espectáculo.
El último de veras. Siglos van, siglos vienen y yo sigo en cartelera.
EL MURCIELAGO
(DENEVÉR)
- Leí en algun lado: „El murciélago es el único
mamífero que vuela”. Y qué decir de Charles Lindberg?
Es hora vayais corrigiendo vuestros manuales.
LA PERA (KÖRTE)
- Esbelta. Irresistible. Triunfante. Qué cuello, qué figura.
Reina de belleza.
LA MANZANILLA (KAMILLA)
- Primera bebida de bebés, último sabor en labios del moribundo.
Hierba medicinal. „Matricaria Chamomilla” No te sorprendas,
hablo también latín. Es que soy Licenciada de la Facultad
de Farmacéutica.
EL CHINCHE (POLOSKA)
- No me separo del hombre. Otros salen a pasear por la naturaleza, pero
yo admiro la civilización, las grandes ciudades, las fantásticas
conquistas del siglo XX. Mi carácter es pacífico. Quisiera
vivir en paz, morir en cama, entre almohadas, a avanzada edad. Pero tengo
muchos enemigos. Belicistas salvajes, no entienden mi pacifismo que tanto
bien le podía dar al mundo. Cada noche emprenden sangrientas guerras
contra mí, recurren a todas las armas permitidas y a las prohibidas
también. Vean lo que están usando últimamente: ácido
prúsico y hasta gases venenosas. Tendré que presentar una
protesta en la próxima reunión de la Liga de las Naciones.
EL ZAFIRO (ZAFÍR)
- Ojo azul de un Dios indiano. No me robes. El ojo de Dios lo ve todo…
LA PLATA (EZÜST)
- Hermana pobre del oro, un pálido resplandor del pasado sale de
mi alma cansada. Soy como el cielo al final del otono, como una lágrima
sobre el encaje, el claro de la luna, canas del anciano.
Tengo sólo memorias, ya no vivo.
Tintineo.
LA ACACIA (AKÁC)
- En Italia, si me ves en las calles, en las plazas, te sientas en un
banco de piedra y tus pensamientos vuelan hacia tu casa. Ahora bien, tengo
que contarte algo: yo que siempre te traigo a la memoria tu santa madre,
el solar de tu ninez, la música de la banda de gitanos, soy un
forastero, y hasta el siglo dieciocho no tuve el gusto de haber visitado
tus tierras. No soy húngaro de pura raza. Te quiero probar que
a menudo los hijos mas fieles de tu patria son los que vienen de otros
parajes, pero echan raíces tan fuertes en esta tierra arenosa que
nunca más pueden dejarla.
La organización del Sofá
Literario agradece muy especialmente al Sr.Cónsul de Hungría
en Barcelona, András Gulyás por la traducción de
éstas definiciones de "La sonora naturaleza".
Extracto de Anna la dulce en la traducción
de Judit Xantús.(Ediciones B, Barcelona, 2003, pp. 26/27)
Katika ya había cerrado
las ventanas de las demás habitaciones y estaba haciendo otro tanto
con las del comedor.
Cuando terminó la tarea, Vizy se acercó a ella y le dijo
en voz muy baja, con una sonrisa terrorífica y melosa:
-Han caído.
La criada no se interesó por el tema, o por lo menos no lo demostró.
Sin embargo, el amo se interpuso en su camino. Como la señora de
la casa no había vuelto todavía, buscaba a alguien con quién
desahogarse.
-Katica, los rojos han caído -repitió.
La criada sólo respondió con una mirada de asombro por haber
merecido tanta confianza por parte del señor.
-Esos miserables –prosiguió Vizy, en cuyos ojos ardía
un embriagador deseo de venganza.
Nada más pronunciar estás palabras, alguien llamó
con fuerza e insistentemente a la puerta de la entrada.
Vizy palideció. Miró alrededor, tal que si buscase las frases
que acababan de salir de su boca para hacerlas desaparecer, como quien
intenta disipar el humo de un cigarillo.
-Iré yo –dijo, y con repentina determinación se dirigió
hacia la puerta, anticipándose al peligro.
Andaba con paso firme, dispuesto a todo.
Por su cabeza pasaban las siguientes posibilidades: toma de rehenes, registro
domiciliario, tribunal de excepción. También pensó
en lo que podría alegar en su defensa: veinte años al servicio
del Estado, conciencia social, marxismo, con cuyos principios estaba de
acuerdo y del que sólo reprobaba sus desviaciones exageradas.
Había sufrido una transformación. Ya no se consideraba un
mártir del bolchevismo, sino más bien una víctima
del régimen anterior que en más de una ocasión había
prescindido ingratamente de él. Palpó en el bolsillo de
la chaqueta, su carné del sindicato. Por suerte, todavía
no lo había roto, en contra de lo que se había propuesto
por la tarde.
Abrió la puerta y se encontró con un hombrecito vestido
con el uniforme de solapas rojas de los carteros, con el botón
superior desabrochado de modo informal.
-¡Ilustrísimo señor! –exclamó el hombrecito
en voz muy alta, para que lo oyeran todos los vecinos del edificio, y
lo repitió-: ¿Ilustrísimo señor!
-¡Camarada! –repuso Vizy, y a continuación preguntó-:
¡En qué puedo serle útil, camarada?
¡Su humilde servidor, ilustrísimo señor!
-Entre usted, camarada Ficsor.
Conversaban así, con una cortesía digna de la historia universal,
los dos muy inseguros, conforme a una prelación mutua.
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