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Ludwig
Laher, Ser hijo de Mozart El joven Mozart ya no es tan joven cuando encuentra un poema que Byron* había escrito en Atenas, en 1811, en memoria de su padre, el gran compositor. Coincide con la época en la que se plantea si realmente desea crear una obra de arte para la posteridad. Hay muchas esperanzas puestas en él. Se siente obligado a ello, ya que hace tiempo que no se toma siquiera la molestia de que se publiquen sus trabajos. Es una época en la que ha dejado de dar conciertos y de numerar sus obras. Si llega a componer algo, sólo lo hace para él mismo. Y compone lo menos posible. El joven Mozart ha ido haciéndose adulto poco a poco. Sigue siendo un hombre de constitución débil y de baja estatura. Leyendo el poema de Byron recordó cómo, siendo tres años menor que el escritor británico, había sido exhibido, puesto en ridículo e ignorado de nuevo. Sobre él pesaba una carga inmensa. Su vida estaba basada en el rechazo y caía enfermo con frecuencia. Recordó cómo, a medida que pasaba el tiempo, iba quedando atrapado en la red invisible que su madre le tendía, supuestamente en nombre de su padre, hasta dejarlo sin respiración. Si imaginamos al padre de Mozart como el destinatario de las melancólicas estrofas de Byron, el poema se convierte en un testimonio breve y preciso de la desesperada relación entre un hijo y su padre muerto: ¡Amado objeto de engañosa ternura! / Sí hoy todo me separa del amor y de tí, / para que la desesperación me sea menos amarga, / me quedan mis lágrimas y tu imagen. / Se dice que el tiempo suaviza el dolor, / pero yo sé que esto no puede ser cierto, / pues la muerte de mis esperanzas / ha dado la inmortalidad a mis recuerdos. A la edad de siete años, medio enfermo, el pequeño interpreta en público las sonatas para piano de su padre. Constanza y Wolfgang satisfacían la curiosidad de la alta sociedad vienesa, y estaba bien visto tenerles como invitados. En última instancia se venera al padre fallecido en la persona del hijo, o al menos ésta es la explicación oficial, y el niño tendrá que escuchar una y otra vez esta extraña reflexión, que estará presente en su existencia artística hasta el fin sus días. Sus contemporáneos lo describen chico como un chico dulce, reservado y tranquilo: encerrado en si mismo. Sabe comportarse. No le gustan juegos infantiles, más bien le producen cierto temor. Prefiere la compañía de adultos, al menos con ellos sabe cómo actuar, aunque la mayoría de las veces se aburra. Además, la madre selecciona las amistades de su hijo y no permite que se le acerque cualquiera. Cuando sea lo bastante mayor, desarrollará estrategias frente a esta prisión imaginaria. * Lord Byron: «Para un retrato». en: Poesías, Editorial Fama, Barcelona, 1956, pág. 86. Traducción y prólogo de José María Espinás Masip. Ludwig
Laher, Wolfgang Amadeus Junior: Mozart Sohn sein |