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Ludwig Laher, Ser hijo de Mozart
Littera Books, Barcelona 2002 (pp. 13-15).
Traducción de Marta Romaní de Gabriel

El joven Mozart ya no es tan joven cuando encuentra un poema que Byron* había escrito en Atenas, en 1811, en memoria de su padre, el gran compositor. Coincide con la época en la que se plantea si realmente desea crear una obra de arte para la posteridad. Hay muchas esperanzas puestas en él. Se siente obligado a ello, ya que hace tiempo que no se toma siquiera la molestia de que se publiquen sus trabajos. Es una época en la que ha dejado de dar conciertos y de numerar sus obras. Si llega a componer algo, sólo lo hace para él mismo. Y compone lo menos posible. El joven Mozart ha ido haciéndose adulto poco a poco. Sigue siendo un hombre de constitución débil y de baja estatura. Leyendo el poema de Byron recordó cómo, siendo tres años menor que el escritor británico, había sido exhibido, puesto en ridículo e ignorado de nuevo. Sobre él pesaba una carga inmensa. Su vida estaba basada en el rechazo y caía enfermo con frecuencia. Recordó cómo, a medida que pasaba el tiempo, iba quedando atrapado en la red invisible que su madre le tendía, supuestamente en nombre de su padre, hasta dejarlo sin respiración. Si imaginamos al padre de Mozart como el destinatario de las melancólicas estrofas de Byron, el poema se convierte en un testimonio breve y preciso de la desesperada relación entre un hijo y su padre muerto: ¡Amado objeto de engañosa ternura! / Sí hoy todo me separa del amor y de tí, / para que la desesperación me sea menos amarga, / me quedan mis lágrimas y tu imagen. / Se dice que el tiempo suaviza el dolor, / pero yo sé que esto no puede ser cierto, / pues la muerte de mis esperanzas / ha dado la inmortalidad a mis recuerdos. A la edad de siete años, medio enfermo, el pequeño interpreta en público las sonatas para piano de su padre. Constanza y Wolfgang satisfacían la curiosidad de la alta sociedad vienesa, y estaba bien visto tenerles como invitados. En última instancia se venera al padre fallecido en la persona del hijo, o al menos ésta es la explicación oficial, y el niño tendrá que escuchar una y otra vez esta extraña reflexión, que estará presente en su existencia artística hasta el fin sus días. Sus contemporáneos lo describen chico como un chico dulce, reservado y tranquilo: encerrado en si mismo. Sabe comportarse. No le gustan juegos infantiles, más bien le producen cierto temor. Prefiere la compañía de adultos, al menos con ellos sabe cómo actuar, aunque la mayoría de las veces se aburra. Además, la madre selecciona las amistades de su hijo y no permite que se le acerque cualquiera. Cuando sea lo bastante mayor, desarrollará estrategias frente a esta prisión imaginaria.

* Lord Byron: «Para un retrato». en: Poesías, Editorial Fama, Barcelona, 1956, pág. 86. Traducción y prólogo de José María Espinás Masip.

Ludwig Laher, Wolfgang Amadeus Junior: Mozart Sohn sein
Haymon-Verlag, Innsbruck 1999 (pp. 12/13)


Der junge Mozart ist nicht mehr wirklich jung, als er auf Lord Byrons 1811 in Athen verfaßtes Gedicht Erinnerung stößt und es vertont. Das ist wohl zu einer Zeit, als er längst darauf verzichtet, ein Lebenswerk schaffen zu wollen, das Erwartungen, gar Forderungen entspricht, als er sich längst nicht mehr ernsthaft abmüht, seine Arbeiten publiziert zu wissen, zu einer Zeit ohne Opuszahlen und Aufführungsnachweise. Wenn er je überhaupt noch etwas komponiert, dann oft ohne Rücksichten auf andere als sich selbst und so selten wie nötig. Der langsam in die Jahre gekommene junge Mozart, zeitlebens ein Mann von schwächlicher Statur, wird sich beim Lesen des Textes erinnert haben, wie er, drei Jahre jünger als der britische Dichter, als Kind vorgeführt, bloßgestellt, dann wieder achtlos zur Seite geschoben wurde, welch immenser Druck auf ihm lastete, was er alles nicht spüren dürfen sollte, wie anfällig er war für jegliche Krankheit. Er wird sich erinnert haben, wie er, je länger er lebte, desto unentrinnbarer sich im unsichtbaren Netz verfing, das die Mutter vorgeblich im Namen des Vaters über ihn geworfen hatte, bis ihm die Luft zum freien Atmen ausging. Bilden wir uns Mozarts Vater als Adressaten von Byrons wehmütigen Zeilen ein, dann wird dieses Lied zum ebenso kurzen wie präzisen Dokument einer letztlich ausweglosen Beziehung zwischen lebendem Sohn und totem Übervater: Du Gegenstand bekämpfter Schmerzen, / Dich, und die Liebe nahm man mir / Doch die Verzweiflung tief im Herzen / Zu mildern, blieb dein Bildniss hier / In meinem Herzen fand ich nimmer, / Dass Trauer ende mit der Zeit, / Als mir die Hoffnung schwand auf immer / Ward die Erinnrung Ewigkeit.

Mit sieben trägt der Kleine, wenn er halbwegs gesund ist, in Gesellschaft Vaters Klaviersonaten vor. In den besseren Kreisen Wiens muß man Konstanze und ihren Wolfgang eingeladen haben, das befriedigt die Neugierde und gehört zum guten Ton. Schließlich, so heißt es offiziell zur Begründung, und das Kind wird sich diese seltsame Annäherung an seine künstlerische Existenz bis ans Lebensende ohne Unterlaß anhören müssen, schließlich ehre man in der Gestalt des Sohnes den verblichenen Vater. Als zurückhaltend, sanft, ruhig wird der Knabe von Zeitgenossen beschrieben: in sich gekehrt. Er weiß sich zu benehmen, kindliche Umtriebigkeit hingegen macht ihm ordentlich Angst, er hält sich lieber unter Erwachsenen auf, dort kennt er sich aus, auch wenn er sich meist zu Tode langweilt. Außerdem läßt die Mutter nicht jeden an ihn ran, der dem jungen Mozart sympathisch ist, mit dem er sich gar aussprechen könnte, Strategien entwickeln gegen das imaginäre Gefängnis, als er alt genug dafür wird.