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De Liu a Konstantín
Kremskoje, 5 de mayo de 19..

Querido Konstantín,

Acabo de tomar posesión de mi nuevo cargo y quería contarte cómo se presentan las cosas. No dudo de que conseguiré mi objetivo; las circunstancias parecen ser incluso más favorables de lo que suponía. He despertado simpatía en toda la familia del gobernador; nadie muestra la mínima desconfianza hacia mí. En realidad, es natural, sólo nosotros, los que estamos al corriente, podríamos temer lo contrario. En caso de que el gobernador haya pedido referencias sobre mí, es imposible que éstas sean desfavorables: desde la escuela primaria hasta la universidad mis notas son brillantes, y lo único que quizás hablara en mi contra el que me llevo muy mal con mi padre no constituye un argumento de peso, ya que todo el mundo conoce su carácter tiránico y excéntrico. Aunque me inclino a creer que el gobernador no ha pedido ningún informe; su confianza es tal que casi rozaría la ingenuidad si no fuera porque su inocencia tiene que ver más bien con su intrepidez y con su juicio erróneo sobre el ser humano. Además, me parece que mi empleo aquí es obra de su mujer, quien, temerosa por naturaleza, desde que recibió la carta amenazadora no piensa más que en el modo de proteger la vida de su marido. Tampoco ella es desconfiada: si por un lado presiente peligros imposibles en todos los rincones de la casa, por el otro sería capaz de ofrecer un plato de sopa al asesino si creyera que el pobre hombre no ha comido nada caliente.
Me contó que fue precisamente tu carta lo que le había sugerido la idea de contratar a un joven que, con el pretexto de trabajar como secretario para su esposo, protegiera a éste de posibles atentados sin que lo notara. Sin embargo, según me dijo, ha sido incapaz de mantener en secreto ante su marido tanto su temor como su plan. Sólo tras los ruegos encarecidos de su mujer, y para que le dejara en paz, el gobernador acabó por acceder a su propuesta, en parte también porque últimamente sufre una dolorosa neuralgia en el hombro derecho que le dificulta la escritura. Como contrapartida, él puso la condición de que al menos durante la noche esté bajo la exclusiva protección de su esposa. Los dos se rieron, y el gobernador añadió que ella es una experta en la fortificación del dormitorio, lo que a él le permite encomendarse a su cuidado, ya que su esposa nunca se acostaría sin haber examinado antes todos los armarios y especialmente detrás de las cortinas, que en su opinión son los escondrijos preferidos de los malhechores. (...)
En el transcurso de la conversación su hijo entró en la habitación. Me miró con cara de inquietud y preguntó: "¿Ya empieza usted hoy con su trabajo?" Aquellas palabras nos hicieron reír tanto a todos que el ambiente se distendió enseguida. Este hijo, llamado Velia, es un muchacho guapo y muy gracioso. No es mucho más joven que yo, pero todavía juega como un niño de cinco años, sólo que sus juguetes ya no son los mismos. Estudia Derecho para después seguir la carrera diplomática, pero nadie lo diría. Es un chico inteligente y moderno, posee innumerables talentos que aún no se han definido y está expuesto a cualquier influencia externa; su carácter consiste en no tener ninguno, y esto lo hace por completo irrelevante. En cualquier cosa él sólo ve el lado al que añadir un bon mot y su mayor encanto consiste en la soñolienta manera en que lo pronuncia.
Aparte de Velia, en la casa hay dos hijas, Yéssika y Katia. Tienen entre veinte y veintitrés años, son rubias, guapas y se parecen como dos gotas de agua. Al principio su actitud hacia mí era negativa, porque consideraban ridículo el miedo de su madre y temían que yo les molestara en su retiro veraniego. Pero ahora, como mi apariencia les parece atractiva y de buen gusto, y como Velia, al que consideran su modelo, se siente atraído hacia mí , han empezado a ver mi presencia con buenos ojos.
Estos tres niños me recuerdan no sé por qué a unos pequeños canarios que gorjearan muy cerca el uno del otro sobre una percha. En general toda la familia posee una especie de inocencia infantil, que podría ridiculizar mi persona y mi misión ante mi mismo. Pero conozco lo suficiente el alma humana para saber que lo que subyace en este carácter es una soberbia desmesurada. El odio e incluso la malevolencia presuponen en el fondo una cierta proximidad a las personas; éstas, de hecho, se sienten solas en un mundo que les pertenece. Todos los demás no significan nada en su realidad ni interfieren en su placidez. La servidumbre está compuesta por un cochero, llamado Iván, que bebe y a quien Velia llama "abuelito", y tres criadas; son gentes de la Vieja Rusia, que todavía se sienten como siervos y adoran a sus amos, pero que en el fondo les juzgan con una supremacía inconsciente, porque están más cerca de los origenes. Son seres bondadosos que me infunden un cierto respeto, como los animales.
Éstas son mis promeras impresiones, pronto tendrás más notícias mías.

Liu

Lju an Konstantin
Kremskoje, 5. Mal 19..

Lieber Konstantin! Ich habe mein Amt angetreten und will Dir berichten, wie sich mir die Lage darstellt. Daß mir gelingen wird, was ich vorhabe, bezweifle ich nicht, es scheint sogar, daß die Umstände günstiger sind, als man voraussetzen konnte. Meine Persönlichkeit wirkt in der ganzen Familie des Gouverneurs sympathisch, von Argwohn ist keine Rede; dies ist im Grunde natürlich, nur wir Wissenden konnten das Gegenteil befürchten. Wenn der Gouverneur Erkundigungen über mich eingezogen hat, so konnten diese mir nicht schaden; meine Zeugnisse von der Kinderschule ab bis zur Universität sind glänzend, und das einzige, was zu meinem Nachteil sprechen könnte, daß ich mich mit meinem Vater überworfen habe, wird dadurch entkräftet, daß sein herrschsüchtiger und verschrobener Charakter allgemein bekannt ist. Ich glaube aber eher, daß er es nicht getan hat; der Mann ist so ganz ohne Mißtrauen, daß es in seiner Lage an Einfalt grenzen würde, wenn es nicht mehr mit seiner Furchtlosigkeit und seiner unrichtigen Beurteilung der Menschen zusammenhinge. Außerdem scheint meine Anstellung durchaus ein Werk seiner Frau zu sein, die, von Natur ängstlich, seit sie den Drohbrief erhalten hat, nichts andres mehr denkt, als wie sie das Leben ihres Mannes schützen kann. Mißtrauen liegt auch in ihrer Natur nicht; während sie in jedem Winkel unmögliche Gefahren wittert, könnte sie dem Mörder einen Löffel Suppe anbieten, wenn es ihr so vorkäme, als ob der arme Mann nichts Warmes im Leibe hätte.
Sie erzählte mir, daß eben der von Dir verfaßte Brief sie auf den Gedanken gebracht hätte, einen jungen Mann zu suchen, der unter dem Vorwande, ihres Mannes Sekretär zu sein, seine Person vor etwaigen Anschlägen beschützte, ohne daß er selbst es bemerkte. Es sei ihr jedoch nicht möglich gewesen, weder ihre Angst noch ihren Plan vor ihrem Manne geheimzuhalten; und auf ihr inständiges Bitten und um Ruhe vor ihr zu haben, sei er endlich darauf eingegangen, teils auch, weil er seit kurzem eine Art Nervenschmerz am rechten Arm habe, der ihm das Schreiben erschwere. Er habe aber die Bedingung gestellt, daß er wenigstens des Nachts unter dem alleinigen Schutze seiner Frau bleiben dürfe. Sie lachten beide, und er setzte hinzu, seine Frau verstehe sich so ausgezeichnet auf die Befestigung der Schlafzimmer, daß er sich dreist ihr anvertrauen dürfe; sie gehe nie zu Bett, ohne vorher alle Schränke und besonders die Vorhänge untersucht zu haben, die sie für Schlupfwinkel von Verbrechern hielte. (...)
Während dieses Gespräches war der Sohn ins Zimmer gekommen; er sah mich mit einem besorgten Blick an und sagte: "Fangen Sie heute schon an?", wor über wir alle so lachen mußten, daß dadurch sofort ein vertraulicher Ton hergestellt war. Dieser Sohn, er hieß Welja, ist ein hübscher und sehr drolliger junge, nicht viel jünger als ich, spielt aber noch wie ein Kind von fünf Jahren, nur daß das Spielzeug nicht mehr ganz dasselbe ist. Studieren tut er die Rechte, um einmal die diplomatische Laufbahn einzuschlagen; man merkt aber nichts davon. Er ist klug und ein moderner Mensch mit zahllosen unbeschnittenen Trieben und unbegrenzter Empfänglichkeit; sein Charakter ist, keinen zu haben, und dies macht ihn vollkommen belanglos. Er sieht von jeder Sache nur die Seite, an die sich ein Bonmot anknüpfen läßt, dessen größter und unwiderstehlicher Reiz in der verschlafenen Art besteht, wie er es vorbringt.
Außer dem Sohne sind zwei Töchter da, Jessika und Katja, zwischen zwanzig und dreiundzwanzig Jahren, blond, niedlich, einander ähnlich wie Zwillinge. Sie waren gegen mich eingenommen, weil sie die Furchtsamkeit der Mutter albern finden und weil sie fürchteten, in ihrer sommerlichen Zurückgezogenheit gestört zu werden; da ihnen aber mein Äußeres hübsch und stilvoll vorkommt und da Welja, der ihr Vorbild ist, sich zu mir hingezogen fühlt, fangen sie an, sich mit meiner Anwesenheit zu befreunden. Diese drei Kinder erinnern mich, ich weiß nicht warum, an kleine Kanarienvögel, die dicht zusammengedrängt auf einer Stange sitzen und zwitschern. Überhaupt hat die ganze Familie etwas kindlich Harmloses, das mich und meine Aufgabe vor mir selbst lächerlich machen könnte; aber ich kenne die menschliche Seele gut genug, um zu wissen, daß diesem Wesen maßloser Hochmut zugrunde liegt. Haß, ja selbst Übelwollen setzt doch eine gewisse Nähe zu den Menschen voraus; diese fühlen sich im Grunde allein in einer ihnen gehörenden Welt. Alle andern haben nicht die Bedeutung der Wirklichkeit und greifen nicht in ihren Frieden ein. Die Dienerschaft besteht aus einem Kutscher, Iwan, der trinkt und den Welja Väterchen nennt, und drei Mädchen; alle sind Leute altrussischer Art, fühlen noch als Leibeigene, beten ihre Herrschaft an und urteilen doch mit unbewußter Überlegenheit über sie, weil sie dem Urquell noch näher sind. Liebe Wesen, die mir, wieTiere, eine gewisse Ehrfurcht einflößen.
Dies sind meine ersten Eindrücke; Du hörst bald mehr von mir.

Lju