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Christoph Hein: Willenbrock. Traducción de Daniel Najmías.
Anagrama, Barcelona, 2002, pp. 265 - 267.

-Por el amor de Dios, Krylov -dijo en voz alta. -
El revólver estaba encima de la pequeña pila de revistas pornográficas con las que de vez en cuando obsequiaba a sus clientes El cañón era plateado; bajo el seguro, un grabado. Metió la mano en el cajón, cogió el revólver y lo sostuvo en a mano un momento, pero no lo sacó. El arma era fresca y agradable al tacto. Pensó que décadas atrás se había negado a hacer el servicio militar y se había declarado objetor de conciencia para no tener nunca que coger un arma. Ahora, de una manera inesperada, se había convertido en propietario de un revólver, un arma de fuego, un arma letal, peligrosísimo y asesina. El mero hecho de poseerla ya era un delito. Estaba confuso y se sentía abatido. Si se había sentido un imbécil cuando compró la pistola de señales, cómo no sentirse así ahora que tenía en la mano un revólver, un objeto que tenía que esconder, que nadie tenia que descubrir nunca, y mucho menos tocar; un revólver que, aunque sin duda presentaba una protección eficaz, era al mismo tiempo también un continuo peligro. Willenbrock no sabía qué hacer con el arma, ni dónde guardarla. Sería ridículo llevarla siempre encima, pero, por otra parte, tenerla en casa o en el despacho sería una imprudencia, cualquiera podría descubrirla. No temía exactamente las posibles consecuencias jurídicas que pudiera acarrear la posesión ilegal de un arma de fuego; lo que le asustaba eran las consecuencias imprevisibles en caso de que alguien, tal vez incluso un niño o un adolescente, la encontrase y se pusiese a jugar con ella. No habría debido aceptar nunca esta arma asesina, se dijo. Tendría habérsela devuelto a Krylov, exigirle que me devolviera el dinero y decirle que yo no sé qué
hacer con este condenado chisme. Pero el ruso se le habría reído en la cara, y habría aprovechado la ocasión para hacer un par de comentarios sobre los alemanes en general y sobre su amigo alemán en particular, pero al menos él se habría sentido aliviado. Decidió guardar el revólver a buen recaudo hasta la próxima visita de Krylov, y devolvérselo entonces, sin importarle lo que dijera o pensara el ruso. Él no era hombre para tener un arma así, no le hacía ninguna gracia la idea; tampoco tenía los nervios que hay que tener para eso. Por encima de todo, no quería que lo obligaran a aceptar un objeto que no quería. Cerró el cajón con tanta fuerza que el revólver golpeó audiblemente contra la madera. Se asustó y rogó que no estuviera cargada. Le faltaba la experiencia necesaria para abrirlo y comprobarlo. Por la noche metió el revólver en el maletín en el que todos los días se llevaba los papeles y las llaves que no quería dejar sin vigilancia en el despacho.

Susanne todavía no había vuelto a casa. Willenbrock. se sentó en su estudio a observar mejor el revólver. Lo cogió con cuidado, abrió el tambor vacío y lo cerró. Apuntó a las fotos que colgaban en la pared, en concreto a una en la que se le veía subiendo a una avioneta; afinó la puntería, como si en realidad se dispusiera a disparar, pero se esforzó por que no le temblara el pulso y no tocar el gatillo. Después saco los cartuchos de la caja de cartón, llenó el tambor, volvió a sacarlos, comprobó varias veces que el tambor quedaba totalmente vacío. Recordó entonces la carta del fiscal, la sacó y volvió a leerla. Después cogió el revólver y apuntó al membrete. Apretó el gatillo, se oyó un ruido seco y metálico; tras mucho apuntar apretó una segunda vez, y una tercera, imitando con la boca el ruido de los disparos. El juego lo relajó. Volvió a guardar el revólver y las municiones en el maletín. Seguía sacudiendo la cabeza, como sorprendido por esa faceta desconocida de su personalidad que de pronto afloraba a la superficie.

Christoph Hein: Willenbrock. Roman.
Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main 2002, S. 262 - 264

»Um Himmels willen, Krylow«, sagte er laut. Der Revolver lag auf dem kleinen Stapel von Pornozeitungen, die er gelegentlich seinen Kunden schenkte, der Lauf war silbrig, unter dem Sicherungshebel war ein Signet eingeprägt. Er griff in das Fach und nahm ihn in die Hand, ohne ihn herauszuholen. Die Waffe fasste sich kühl und angenehm an. Er dachte daran, dass er vor Jahrzehnten den Dienst in der Armee verweigert und sich zu den Bausoldaten hatte einziehen lassen, um nie eine Waffe anfassen zu müssen, und nun war er unverhofft Besitzer eines Revolvers geworden, einer tödlichen Schusswaffe, kreuzgefährlich und mörderisch, dessen Besitz bereits strafbar war. Er war verwirrt und fühlte sich bedrückt. Er war sich albern vorgekommen, als er die Signalpistole gekauft hatte, und nun hielt er einen scharfen Revolver in der Hand, den er verbergen musste, den nie einer sehen durfte und schon gar nicht anfassen, einen Revolver, der gewiss einen wirksamen Schutz darstellte, zugleich aber auch eine beständige Gefahr. Willenbrock wusste nicht, was er mit der Waffe anfangen, wo er sie aufbewahren sollte. Es wäre grotesk, sie beständig bei sichzu tragen, aber sie andrerseits daheim oder im Büro zu verstecken, wäre fahrlässig, zu leicht könnte sie dort jemand entdecken. Er fürchtete nicht die möglichen juristischen Konsequenzen des illegalen Besitzes, ihn schreckten die unausdenkbaren Folgen, falls irgendjemand, vielleicht gar ein Kind oder ein Jugendlicher, diesen Apparat aufstöberte und vielleicht damit spielte. Er hätte diese mörderische Waffe nie anfassen, er hätte sie Krylow zurückgeben sollen. Er hätte das Geld zurückfordern und ihm sagen sollen, dass er fü diesen teuflischen Apparat keine Verwendung habe. Der Russe hätte ihn ausgelacht und ein paar allgemeine Bemerkungen über die Deutschen und ein paar spezielle über seinen deutschen Freund gemacht, aber Willenbrock wäre erleichtert. Er entschloss sich, den Revolver bis zum nächsten Besuch Krylows gut zu verwahren und ihn dann auf jeden Fall zurückzugeben. Er war nicht der Mann für so ein Eisen, er hatte daran keinen Spaß und er hatte dafür nicht die Nerven. Er wollte nicht, dass man ihm ein Eigentum aufnötigte, das er nicht haben wollte. Willenbrock schob die Schublade so heftig zu, dass der Revolver vernehmlich gegen das Holz knallte. Er erschrak, er hoffte, die Waffe sei nicht geladen. Ihm fehlte die Erfahrung, damit umzugehen und sie zu überprüfen. Am Abend steckte er den Revolver in die Aktentasche, in der er täglich jene Papiere und Schlüssel transportierte, die er nicht unbeaufsichtigt im Büro liegen lassen wollte.


Susanne war noch nicht daheim. Er setzte sich in sein Zimmer, um sich den Revolver genauer anzusehen. Vorsichtig nahm er ihn in die Hand, öffnete die leere Trommel und ließ sie zuschnappen. Er zielte auf Bilder an der Wand, auf ein Foto, auf dem er zu sehen war, wie er in ein Sportflugzeug stieg, er zielte sorgfältig und bemühte sich, die Hand ruhig zu halten und den Abzugshebel nicht zu berühren. Dannnahm er Patronen aus der Pappschachtel, füllte die Trommelkammern, entnahm sie wieder, kontrollierte mehrmals, dass die Trommel vollständig geleert war. Ihm fiel der Brief des Staatsanwalts ein, er holte ihn hervor und las ihn nochmals. Dann griff er nach dem Revolver und zielte auf den Briefkopf, er drückte auf den Abzug, ein metallisches Klacken war zu hören, er drückte nach langem Zielen ein zweites und ein drittes Mal ab und machte dazu mit dem Mund Geräusche, als würde er tatsächlich schießen. Er fühlte sich durch dieses Spiel erleichtert. Schließlich steckte er Revolver und Munition in die Aktentasche zurück. Immer wieder schüttelte er den Kopf über sich selbst.