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Adiós a Sidonie
Traducción de Richard Gross y María Esperanza Romero.Editorial Pre-Textos, Valencia 2002, pp. 9-11

El dieciocho de agosto de 1933 el portero del hospital de Steyr encontró a una recién nacida que dormía. Junto a la criatura, envuelta en harapos, había una nota escrita con letra torpe que rezaba así: "Me llamo Sidonie Adlersburg y nací en la carretera de Altheim. Busco padres." El hombre, un tal Mayerhofer, de 63 años de edad, cano y delgado, estaba durmiendo en la estancia detrás de la conserjería, que tenía asignada como vivienda de servicio, cuando poco después de la medianoche se despertó sobresaltado. Le había parecido oír el timbre del portón, aunque no estaba seguro. Había ocurrido ya varias veces en los últimos tiempos que un estridente timbrazo le desgarraba los sueños, lo hacía saltar de la cama y correr hasta el portal, donde el hombre indefectiblemente se daba cuenta de que sus excitados oídos se habían burlado de él. De manera que esta vez permaneció en el camastro, medio incorporado y aguzando las orejas en la oscuridad. Todo seguía en si1encio. Pero al final decidió echar un vistazo. Apartó la manta de un tirón, volcó las piernas por el borde de la cama y buscó a tientas sus zapatos. Ligeramente doblado hacia delante y con su angulosa cabeza hundida entre los hombros, arrastró sus pies hasta el pasillo iluminado por la luz nocturna, inspeccionó la rampa de acceso a través de los cristales, abrió la puerta y salió al exterior. Al atardecer, una tormenta se había abatido sobre la ciudad trayendo el ansiado frescor tras la prolongada canícula. Pero a las diez, hora de cierre del hospital, la lluvia había amainado, y los adoquines de la rampa, donde las ambulancias paraban en casos de urgencia, estaban ya completamente secos. Del oeste soplaba una brisa fría. El hombre tiritaba. No oyó nada salvo el rumor del viento en las hojas; tampoco vio nada más que la cinta rutilante de la calzada y, a duras penas, las copas de los árboles, por lo que creyó confirmada su sospecha de haber sido una vez más víctima de una alucinación. Contrariado, volvió sobre sus pasos. El hatillo yacía en el cancel, a la derecha de la entrada, en el ángulo muerto de la conserjería. Mayerhofer tardó en comprender; se agachó trabajosamente, recogió la nota y, agitándola desconcertado, regresó deprisa al interior del edificio. Una vez llegado a la puerta de cristal del área de hospitalización, llamó a la enfermera de guardia. La criatura era de una arcana pero intensa belleza; un negro vello sombreaba el óvalo oscuro del rostro al que las tupidas cejas de los ojos legañosos otorgaban un aspecto exótico extrañamente cautivador. El médico, al que la enfermera alarmada por Mayerhofer había sacado del sueño, no dudó ni un instante en afirmar que habían sido los gitanos quienes abandonaran a la niña. En las praderas ribereñas del río Steyr, a los pies del hospital, justo detrás de la carretera, podían verse a menudo sus carros, con ropas de abigarrados colores tendidas entre ellos y el vivo resplandor de fogatas nocturnas. Y a pocos kilómetros hacia el oeste, muy cerca de la carretera de Sierning, había una colina que sigue llamándose Zigeunerberg, monte de los gitanos, porque en su hondonada solían acampar en tiempos gentes de vida errante, durante una o dos noches, hasta que los gendarmes del pueblo los echaban del lugar. Habría sido fácil, por tanto, que la madre de la niña u otra persona de su clan aprovecharan el amparo de la noche para acercarse furtivamente al hospital y encomendar la suerte de la recién nacida a la custodia ajena.

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Sidonie padecía raquitismo. Tenía las piernas arqueadas y las articulaciones hinchadas en ambas extremidades, razón por la cual el médico ordenó a las enfermeras que administraran a la niña una dieta rica en vitaminas, procuraran una buena ventilación y colocaran su cama de tal forma que estuviera al sol el mayor tiempo posible. Sin embargo, sabía lo inútiles y ridículas que debían de sonar tales instrucciones en una ciudad donde las enfermedades crónicas estaban al orden del día. En efecto, en Steyr reinaba una miseria lacerante. En los barracones del barrio Ennsleite y a orillas del río Steyr, donde en el siglo pasado se habían establecido industrias metalúrgicas, uno de cada dos niños sufría del mismo mal, cuando no de tuberculosis. Los Talleres Steyr, que cuatro años atrás contaban con más de seis mil trabajadores, ahora daban empleo a tan sólo 1.400 personas. La mitad de los 22.000 habitantes de la ciudad recurría a la beneficencia pública, partida a la que el ayuntamiento destinaba el cincuenta por ciento del presupuesto municipal. Ya en 1929 se había visto incapaz de seguir sufragando los gastos de mantenimiento del hospital, un centro sanitario construido hacía tan sólo trece años y en el que se prestaron los primeros auxilios a Sidonie Adlersburg, y lo había vendido junto con el más modesto Hospital de Santa Ana al gobierno regional de la Alta Austria, por la suma de 750.000 chelines.

Abschied von Sidonie. Erzählung
Diogenes Verlag, Zürich, 1989. Diogenes Taschenbuch 1991, pp. 7-9

Am achtzehnten August 1933 entdeckte der Pförtner des Krankenhauses von Steyr ein schlafendes Kind. Neben dem Säugling, der in Lumpen gewickelt war, lag ein Stück Papier, auf dem mit ungelenker Schrift geschrieben stand: "Ich heiße Sidonie Adlersburg und bin geboren auf der Straße nach Altheim. Bitte um Eltern." Der Mann, ein gewisser Mayerhofer, grau, schlank, 63 Jahre alt, hatte im Zimmer hinter der Portiersloge, das ihm als Dienstwohnung zugewiesen war, geschlafen, ehe er, kurz nach Mitternacht, hochschreckte. Ihm war gewesen, als habe er die Torglocke schellen gehört. Sicher war er sich nicht; schon mehrmals in letzter Zeit hatte ein schrilles Läuten seine Träume zerrissen, war er aufgesprungen und zum Portal gelaufen, hatte aber erkennen müssen, daß ihm sein überreiztes Gehör einen Streich gespielt hatte. Deshalb blieb er jetzt noch halb aufgerichtet auf seiner Pritsche sitzen und horchte in die Dunkelheit. Es blieb still. Trotzdem entschloß er sich endlich, Nachschau zu halten. Mayerhofer stieß die Decke von sich, schwang seine Beine über den Bettrand und tappte im Finstern nach den Schuhen. Etwas vornübergebeugt, den eckigen Kopf zwischen die Schultern gestemmt, so schlurfte er in den Flur, wo das Nachtlicht brannte, spähte durch die Scheiben hinaus auf die Auf fahrt, öffnete und trat ins Freie. Am Abend war ein Gewitter über der Stadt niedergegangen, das nach einer langen Hitzewelle die ersehnte Abkühlung gebracht hatte. Aber zur Sperrstunde, um zehn Uhr, hatte der Regen bereits nachgelassen. Jetzt waren die Pflastersteine der Rampe, auf der die Krankenwagen bei Bedarf hielten, bis auf die Ränder schon wieder trocken. Vom Westen her wehte ein kühler Wind. Den Mann fröstelte; er hörte keine Stimmen, nur das Rauschen der Blätter, sah nichts als den hellen Streifen der Straße, konnte die Wipfel der Bäume dahinter kaum ausmachen und glaubte sich in seinem Verdacht, einer Sinnestäuschung erlegen zu sein, bestätigt. Mißmutig drehte er sich um. Das Bündel lag im Windfang rechts neben der Tür, im toten Winkel der Portiersloge. Mayerhofer begriff nicht gleich, bückte sich schwerfällig, lief dann zurück ins Gebäude, in den Händen nichts als den Zettel, den er hilflos schwenkte, während er, nun schon an der Glastür zur Krankenabteilung, die Nachtschwester rief. Das Kind war von einer heimlichen und doch lebhaften Schönheit, ein schwarzer Flaum beschattete das dunkle Oval des Gesichts, dem die dichten Brauen über den verkrusteten Augen eine seltsam ergreifende Fremdheit verliehen. Der Arzt, den die von Mayerhofer aufgeschreckte Krankenschwester aus dem Schlaf riß, zweifelte keinen Moment lang, daß Zigeuner das Mädchen weggelegt hatten. In den Auwiesen der Steyr unterhalb des Spitals, gleich hinter der Straße, sah man immer wieder ihre Wagen stehen, bunte Wäsche dazwischen gespannt, nachts den Schein von Feuerstellen, und nur wenige Kilometer weiter westlich, neben der Straße nach Sierning, befindet sich eine Anhöhe, die noch heute Zigeunerberg heißt, weil in ihrer Mulde fahrendes Volk ein, zwei Nächte lang Station machte, ehe es von den Sierninger Gendarmen wieder verscheucht wurde. Es wäre also der Kindesmutter, oder einer anderen Person ihrer Sippe, ein leichtes gewesen, sich nachts ungesehen dem Krankenhaus zu nähern und das Schicksal der Neugeborenen der Fürsorge anderer zu überantworten.

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Sidonie litt an der Englischen Krankheit, einer mangelhaften Verkalkung des Knochengewebes. Ihre Beine waren nach außen gekrümmt, die Gelenke an Armen und Beinen verdickt, und der Arzt schärfte den Schwestern ein, dem Mädchen eine vitaminreiche Kost zu verabreichen, auf frische Luftzufuhr zu achten und das Bett bei jeder Gelegenheit in die Sonne zu stellen. Dabei wußte er, wie nutzlos und lächerlich solche Anordnungen in einer Stadt klingen mußten, in der chronische Leiden die Regel waren. In Steyr herrschte bittere Not. Jedes zweite Kind in den Baracken der Ennsleite und entlang des Steyr-Flusses, an dem sich im vergangenen Jahrhundert eisenverarbeitende Betriebe angesiedelt hatten, litt an der gleichen Krankheit oder an Tuberkulose. In den Steyr-Werken, die vier Jahre zuvor über 6000 Beschäftigte aufwiesen, arbeiteten 1933 knapp 1400 Personen. Von den 22000 Bewohnern der Stadt nahm im selben Jahr jeder zweite öffentliche Hilfe in Anspruch. Die Hälfte aller Einnahmen veranschlagte die Gemeinde für Fürsorgezwecke. Bereits 1929 hatte sich die Stadtverwaltung außerstande gesehen, das erst dreizehn Jahre vorher fertiggestellte Krankenhaus, in dem Sidonie Adlersburg erste Hilfe gewährt wurde, zu erhalten; man mußte es zusammen mit dem St.-Anna-Spital um 750 000 Schilling an die oberösterreichische Landesregierung verkaufen.